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Umbral
El comienzo · José R. Baena

Un golpe seco, metálico. Después el sonido de los frenos vaciándose. Largo, sostenido. La luz blanca del techo se encendió, borrando el rojo que había teñido la cabina durante todo el viaje. Víctor esperó junto a su asiento a que se liberase el pasillo.

Al bajar, el frío de Granada le entró directo por la nariz. Seco. Cortante. No necesitaba viento para calar.

Rescató la maleta y se colgó el equipo. Llevaba menos peso que en sus viajes de trabajo, pero se sentía más torpe.

Caminó hacia la salida bajo pantallas con leds muertos, sorteando viajeros dormidos en los bancos, cubiertos con mantas como muebles olvidados en una casa abandonada.

Su ojo calculó por rutina el golpe de flash que haría falta para borrarles la miseria de la cara. Los años en publicidad habían convertido el gesto en vicio: recortar el encuadre, esconder lo feo, hacer que funcionara.

Pero allí no había cliente. Venía buscando una luz que todavía ofreciera resistencia.

Se subió la cremallera del chaquetón hasta arriba, se acomodó la Leica M6 al hombro y salió a la calle.

El trayecto hasta el centro se le hizo demasiado corto. El silencio se instaló entre él y el conductor tras un par de intentos de charla que murieron en el retrovisor. La radio sonaba baja. A través del cristal, Sierra Nevada cerraba el horizonte, blanca, y dejaba la ciudad demasiado lejos del cielo, retrasando un amanecer que ya debería haber llegado.

El taxi lo dejó frente a un edificio de piedra. Sobre el dintel, un relieve: un corazón atravesado por una espada y la inscripción El (corazón) manda. Sonrió. Un ojo habría sido más eficaz.

Arrastró la maleta por callejuelas estrechas hasta un hostal que olía a ambientador zen y guiso de mediodía. El recepcionista deslizó la llave sin levantar la vista del móvil. Echó de menos la condescendencia de los hoteles de lujo que tanto odiaba.

Nada más cerrar la puerta de la habitación, abrió la maleta. Al apartar la ropa para sacar el portátil, los dedos rozaron los tres carretes de 35 mm que seguían al fondo, hechos una bola dentro de una camiseta vieja, los que no había tenido el coraje de revelar en años.

El capítulo continúa
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